Creo que la lasagna boloñesa es una de esas comidas que podría comer 10 veces por semana y no cansarme. Amo esa bomba de sabor que me deja panza para arriba en el sillón sin ganas de moverme para nada pero llena de satisfacción.
Pero también es (o era, hasta que conocí este truquito) de las comidas que menos seguido preparaba. ¿Por que? Porque para que sea realmente rica no encontraba forma de hacerla que no sea con masa casera y eso lleva tiempo y el tiempo es eso con lo que muchas veces no cuento. ¿Entonces que opciones me quedaban? Bueno, la masa seca que venden en los supermercados. Pero no importa las vueltas que le dí tratando de que quede rica, no me convenció. También esta la opción de ir a una casa de pastas, pero ahí por lo general no venden la masa sola sino la lasagna armada lista para meter en el horno y eso, si bien sirve para saciar el antojo, le saca todo lo lindo a cocinar.
Casi, casi me doy por vencida dejando esta rica comida solo para ocasiones especiales hasta que, que se yo como y de la nada, se me prendió la lamparita y me di cuenta de que la masa para lasagna y la masa de las tapas para empanadas son muy, muy, bastante parecidas (no iguales, pero...). Y bueno, tuve que experimentar...
Y para mi felicidad (y la de mi esposo que me hace de conejillo de pruebas en mis ocurrencias gastronómicas) ¡QUEDO RIQUÍSIMA! Y claro, vine corriendo acá a compartir mi truquito nuevo.
Seguramente algún italiano podría llegar a querer quemarme en la hoguera por semejante sacrilegio, pero a mi me dio resultados y me simplifico un poco la vida.
Igualmente pueden ver
ACÁ la receta de la masa para lasagna por si alguien la quiere hacer.